La fiesta de la compañía también es trabajo. (Una reflexión desde la experiencia de vivir con alcoholismo)
Una vez alguien me dijo una frase que nunca olvidé:
“La fiesta de la compañía es una extensión de tu trabajo.”
En ese momento no la entendí del todo. Hoy, después de haber vivido el alcoholismo en carne propia, sé que esa frase no es una advertencia legal… es una advertencia de vida.
La gente que no tiene esta enfermedad no conoce la lucha interna que puede desatarse en un evento como este.
Desde afuera parece simple: música, risas, copas.
Por dentro, para una persona alcohólica —incluso en recuperación— puede ser una batalla silenciosa, intensa y solitaria.
Y hay algo importante que debe decirse con claridad:
La consecuencia no es embriagarse en sí misma; la verdadera consecuencia son los actos que pueden cometerse cuando se pierde el control.
Palabras que no se pueden recoger.
Gestos que se malinterpretan.
Límites que se cruzan.
Daños que no siempre se ven de inmediato, pero que quedan.
En el entorno laboral, incluso en una fiesta, el rol que ocupás no desaparece.
Las personas no son tus amigos: son tus compañeros de trabajo.
Los jefes merecen el respeto debido, al igual que todas las personas presentes.
Si sos hombre, las mujeres deben ser tratadas siempre como damas y uno debe conducirse como caballero, sin excusas, sin atajos, sin “fue el momento”.
Y si sos mujer, basta imaginar cómo un solo malentendido puede alimentar chismes de grupo que nunca se dicen de frente, pero que sí pesan después.
Yo no lo entendí a tiempo.
Durante años confundí el éxito con el aguante, el liderazgo con el exceso, la fortaleza con la negación. El alcohol no era una fiesta: era un anestésico para una vida que no sabía cómo enfrentar.
Por eso, hoy, cuando pienso en una persona alcohólica que se enfrenta a una fiesta de la empresa, no pienso en las normas laborales.
Pienso en supervivencia emocional.
¿Qué debería hacer una persona con alcoholismo ante una fiesta de la empresa?
No existe una fórmula perfecta, pero sí verdades que salvan:
- Aceptar la condición sin vergüenza.
No es debilidad. Es conciencia. El verdadero riesgo no es decir “no tomo”; el riesgo es mentirse. - Recordar que nadie vale una recaída.
Ni el puesto, ni la foto, ni la presión del grupo, ni el miedo a “quedar mal”. - Poner límites claros, incluso retirarse temprano.
Cuidarse no es antisocial; es responsable. - No probar para demostrar nada.
El alcoholismo no negocia. A mí me costó entenderlo… casi me cuesta la vida. - Recordar de dónde vengo y por qué sigo aquí.
Hay batallas que no se ganan participando, sino eligiendo no entrar.
Lo que muchos no ven es que, para una persona alcohólica, la verdadera valentía no está en quedarse, sino en saberse ir a tiempo.
Hoy vivo un día a la vez.
No, perfecto. No invencible.
Pero lúcido, agradecido y consciente de que la verdadera celebración es seguir vivo, presente y fiel a mis valores.
Si alguien que lee esto está enfrentando una situación así, quiero decirle algo con total honestidad:
No estás solo, aunque así se sienta.
Cuidarte nunca será un error.
Jorge Gutiérrez Guillén
Contador Público Autorizado (CPA)
Socio Fundador – JGutierrez Auditores Consultores S.A.
Costa Rica
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