Mi reflexión:

Hubo un tiempo en que perdí el control.
Las noches eran interminables, el insomnio se mezclaba con el alcohol, y mi reflejo en el espejo era un extraño: ojos vacíos, cuerpo enfermo, alma agotada.

Vinieron los antidepresivos, las visitas médicas, la pérdida de peso, de fuerza, de esperanza. Hasta que un día, conocí el hospital, una enfermera me ayudó a sentarme… porque ni eso podía hacer solo. El diagnóstico fue brutal: “Si todo sigue así, le queda un mes de vida”.

Ahí, en ese abismo, levanté la mirada al cielo. No pedí milagros. Solo pedí paz.
Y Dios, me respondió con una oportunidad más.

Inició entonces el proceso más duro, pero también más sagrado:
Volver a mí...
Aprender a vivir, no solo a sobrevivir.
Recuperar el cuerpo, la mente, el amor propio.
Lloré muchas veces. Me levanté muchas más.

Dos años después, llegó la noticia que jamás imaginé escuchar:


“Estás sano”.

Hoy veo esta imagen y no puedo evitar sonreír.
Porque ya sobreviví a días que pensé que no terminarían.
Porque hoy respiro, camino, sirvo, amo…
Y eso, para mí… no es otra cosa que felicidad verdadera!

Jorge Gutiérrez G.

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