El Mundial: un negocio global que también revela poder político, riesgos y consecuencias económicas
La Copa Mundial de la FIFA suele verse como una fiesta deportiva. Durante varias semanas, millones de personas se concentran en partidos, selecciones, estadios, jugadores y resultados. Sin embargo, detrás del espectáculo existe una realidad mucho más profunda: el Mundial es también un negocio global, una vitrina política, una prueba de control institucional y un evento de alto impacto económico para los países anfitriones.
El Mundial 2026 confirma esa dimensión. Será la primera Copa del Mundo organizada conjuntamente por tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Además, será la primera edición con 48 selecciones, lo que amplía la cantidad de partidos, visitantes, operaciones, traslados, consumo y exposición internacional. FIFA confirma que el torneo tendrá tres países anfitriones y sedes distribuidas en varias ciudades de Norteamérica.
Desde el punto de vista de negocio, el Mundial no debe analizarse únicamente como un evento deportivo. Debe entenderse como un megaproyecto temporal que mueve turismo, hotelería, transporte, alimentación, seguridad, tecnología, comercio, construcción, publicidad, derechos de transmisión, patrocinios, servicios profesionales, empleo y reputación país.
El Mundial como vitrina económica
Para los países anfitriones, el Mundial representa una oportunidad para atraer visitantes, aumentar el consumo y posicionar sus ciudades ante el mundo. Cada partido genera movimiento económico: aficionados que viajan, hoteles que se ocupan, restaurantes que venden, transportistas que trabajan, comercios que incrementan sus ingresos y marcas que buscan exposición.
FIFA y la Organización Mundial del Comercio han estimado que el Mundial 2026 podría generar una producción económica significativa. Según información publicada por FIFA, el análisis proyectó para el torneo una producción bruta aproximada de USD 40.900 millones, beneficios sociales estimados en USD 8.280 millones y la creación de cerca de 824.000 empleos equivalentes a tiempo completo a nivel global.
La cifra es impresionante, pero debe leerse con cuidado. Una proyección económica no significa que todos ganen por igual. Tampoco garantiza que los beneficios lleguen de manera proporcional a pequeñas empresas, comunidades locales o contribuyentes. En los grandes eventos deportivos, parte importante del reto está en responder una pregunta clave: ¿quién gana realmente y quién asume el costo?
Los beneficios visibles
Entre los principales beneficios de organizar un Mundial se encuentra el aumento del turismo. La llegada de aficionados, delegaciones, periodistas, patrocinadores y proveedores internacionales genera demanda de hospedaje, alimentación, transporte, entretenimiento y servicios turísticos.
También se activa el comercio. Bares, restaurantes, supermercados, tiendas deportivas, centros comerciales, plataformas de transporte, servicios de entrega, agencias de viajes y operadores turísticos pueden experimentar un aumento importante de ventas.
Otro beneficio es el posicionamiento internacional. Un Mundial bien organizado puede fortalecer la imagen de un país como destino turístico, centro de inversión y mercado con capacidad logística. La exposición global permite mostrar ciudades, infraestructura, cultura, gastronomía, seguridad y capacidad organizativa.
Además, el evento puede acelerar inversiones en infraestructura. Aeropuertos, carreteras, estadios, telecomunicaciones, transporte público y espacios urbanos pueden recibir mejoras que, si están bien planificadas, pueden beneficiar a la población después del torneo.
También existe generación de empleo temporal. El Mundial requiere personal para seguridad, logística, atención al turista, comercio, hotelería, mantenimiento, comunicación, tecnología, limpieza, transporte y soporte administrativo. El verdadero reto es que ese empleo no sea únicamente pasajero, sino que deje capacidades y experiencia en la economía local.
Las consecuencias que muchas veces no se ven
El Mundial también puede generar consecuencias importantes. La primera es el alto costo de organización. Un evento de esta magnitud exige inversión en seguridad, movilidad, infraestructura, tecnología, adecuación de estadios, coordinación institucional y operación logística.
La segunda consecuencia es el riesgo de infraestructura subutilizada. Cuando un país construye o remodela obras únicamente para cumplir con el evento, puede terminar con activos costosos de mantener y poco utilizados después del Mundial.
La tercera consecuencia es el aumento temporal de precios. Hoteles, alquileres, transporte, entradas, alimentación y servicios turísticos pueden encarecerse. Esto puede beneficiar a ciertos sectores, pero también puede afectar a residentes locales y excluir a aficionados con menor capacidad económica. Reportes recientes han señalado preocupación por el alto costo de asistir al Mundial 2026, incluyendo precios elevados de entradas, hospedaje y transporte en algunas sedes.
La cuarta consecuencia es la presión sobre servicios públicos y ciudades. Aeropuertos, carreteras, transporte público, seguridad, servicios de emergencia, limpieza, telecomunicaciones y zonas urbanas pueden enfrentar una demanda superior a la normal.
La quinta consecuencia es el riesgo de informalidad y evasión. Donde aumenta el consumo en corto tiempo, también puede aumentar la venta informal, el uso de efectivo, la falta de facturación, la contratación laboral irregular y el incumplimiento tributario.
La sexta consecuencia es el riesgo de corrupción o sobrecostos. Los grandes eventos suelen implicar contrataciones rápidas, presupuestos altos y múltiples proveedores. Sin controles adecuados, pueden generarse sobreprecios, conflictos de interés, pagos indebidos, adjudicaciones cuestionables o falta de transparencia.
El Mundial como prueba de control y cumplimiento
Desde una perspectiva de auditoría, el Mundial es una prueba de control interno a gran escala. No basta con organizar partidos. Se deben controlar contratos, presupuestos, ingresos, gastos, proveedores, inventarios, pagos, derechos comerciales, seguridad, impuestos, permisos, personal temporal y riesgos operativos.
Un evento de esta magnitud requiere trazabilidad. Es decir, la capacidad de seguir y documentar cada operación relevante: quién contrató, qué se compró, cuánto costó, quién autorizó, quién pagó, qué evidencia existe y qué resultado se obtuvo.
También requiere cumplimiento. Los gobiernos, empresas, patrocinadores, proveedores y comercios deben cumplir obligaciones fiscales, laborales, contractuales, regulatorias y de prevención de riesgos.
En este punto, el Mundial deja una lección importante para cualquier empresa: crecer no es suficiente. Aumentar ventas no garantiza rentabilidad. Una empresa puede vender más durante un evento extraordinario, pero si no controla costos, impuestos, inventarios, efectivo, personal y obligaciones, el crecimiento puede convertirse en desorden financiero.
La lectura política: el Mundial también se juega fuera de la cancha
El Mundial 2026 también tiene una lectura política muy relevante, especialmente en Estados Unidos. La administración de Donald Trump creó formalmente una fuerza de tarea de la Casa Blanca para el Mundial 2026. La orden ejecutiva establece que el Presidente preside esa fuerza de tarea y que el Vicepresidente actúa como vicepresidente, con el propósito de coordinar agencias federales en apoyo a la organización del torneo.
Este dato es revelador: el Mundial no se trata únicamente como deporte, sino como un evento de Estado. Para un gobierno, recibir un Mundial significa mostrar capacidad organizativa, seguridad, control, infraestructura, liderazgo y reputación internacional.
Desde el punto de vista político, Donald Trump probablemente vea el Mundial como una oportunidad para proyectar fortaleza de Estados Unidos ante el mundo. Puede utilizar el torneo como una vitrina para reforzar mensajes de liderazgo, economía, seguridad, orden y capacidad de recibir eventos globales.
La propia Casa Blanca ha vinculado el Mundial con estimaciones de producción económica, generación de empleo y preparación de ciudades anfitrionas en Estados Unidos. Según la página oficial de la fuerza de tarea, para el Mundial se estiman USD 40.900 millones de producción bruta, USD 17.200 millones de PIB generado en Estados Unidos y más de 185.000 empleos proyectados en ese país.
Pero también existe otra lectura: el Mundial puede convertirse en una herramienta de narrativa política interna. La seguridad de las ciudades, el control migratorio, la coordinación federal, la protección de multitudes y el orden público pueden ser usados como parte del discurso político. En otras palabras, el Mundial no solo se juega en los estadios; también se juega en la percepción pública.
Beneficios versus consecuencias: el verdadero balance
El Mundial puede traer turismo, consumo, empleo, inversión, infraestructura y reputación internacional. Pero también puede traer sobrecostos, presión fiscal, aumento de precios, congestión urbana, riesgos de seguridad, informalidad, corrupción, infraestructura subutilizada y tensiones políticas.
El beneficio real depende de la calidad de la planificación. Si un país organiza bien, controla bien y mide bien, el Mundial puede dejar valor. Si improvisa, gasta sin control o no fiscaliza adecuadamente, puede terminar con beneficios concentrados y costos distribuidos entre la población.
Por eso, la pregunta de fondo no es si el Mundial genera dinero. La verdadera pregunta es: ¿ese dinero se traduce en desarrollo sostenible, transparencia, empleo formal, infraestructura útil y fortalecimiento empresarial?
Una lección para las empresas
Aunque Costa Rica no sea país anfitrión del Mundial 2026, las empresas costarricenses pueden aprender mucho de este análisis.
Todo evento extraordinario, todo crecimiento acelerado y toda oportunidad comercial relevante requiere planificación. Las empresas deben prepararse antes de crecer: ordenar su contabilidad, controlar sus costos, revisar sus impuestos, formalizar contratos, medir rentabilidad, cuidar su flujo de efectivo y fortalecer sus controles internos.
El Mundial nos recuerda que no basta con vender más. Hay que vender mejor, controlar mejor y cumplir mejor.
También nos recuerda que la reputación tiene valor económico. Así como un país anfitrión cuida su imagen ante millones de personas, una empresa debe cuidar la confianza de sus clientes, bancos, proveedores, autoridades e inversionistas.
El Mundial es mucho más que fútbol. Es una plataforma de negocio, una vitrina política, una prueba de reputación país y un desafío de control.
Para los países anfitriones, puede representar turismo, inversión, empleo y posicionamiento internacional. Pero también puede revelar debilidades en planificación, seguridad, infraestructura, transparencia y cumplimiento.
La gran lección es clara: las oportunidades extraordinarias solo se convierten en resultados sostenibles cuando existen planificación, control, transparencia y gestión profesional.
En el deporte, ganar depende del talento y la estrategia. En los negocios y en la gestión pública, también.
Jorge Gutiérrez Guillén, CPA
Socio Fundador
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